Por Anita Guerra

Era muy pequeña, pero recuerdo la admiración con la que las veíamos entrenar. Y, por supuesto, jugar. Era una maravilla. Una que llegaba al balonmano desde el kárate, sin mucha idea de qué era eso de ‘un equipo’ porque el tatami se desenvolvía sola, lo comprobó en seguida gracias a una generación única que marcó el primer hito y a las que el club jamás podrá agradecer suficiente la disciplina y el buen rollo que emanaban.

El pasado sábado se les rindió un homenaje tardío. A una le tocó agarrar el micro entre las prisas que tienen siempre los colegiados de no entorpecer el inicio del partido. A veces, lo urgente le resta tiempo y lustre a lo importante. Creo que este es un caso claro de ello. Hoy en frío y sin nadie apretando, quiero decir todo lo que no me dio tiempo por la presión del momento y, por qué no decirlo, por la emoción.

Estoy hablando de las primeras campeonas de Castilla y León de nuestra ‘familia’. De aquel primer grupo que puso el nombre del Balonmano Nava en lo más alto del balonmano regional. Con aquella gesta de la que no fueron conscientes por sus tiernos 13-14 años, abrieron un camino que, aun hoy, sigue llano y nos da muchas alegrías.

De ellas heredábamos mucho más que las camisetas –alguna guardo por casa como un tesoro, con el número 10-. Fueron ejemplo y un espejo en el que mirarnos. La referencia más cercana para mejorar. De aquel equipo extraordinario salieron las primeras seleccionada de Castilla y León de nuestra casa y, creo recordar, alguna representó a la Selección española en categorías inferiores.

Pero, sobre todo, compartimos una pieza fundamental de su engranaje cuasi perfecto. Se llama Enrique Garzón. Sí, ese es el nombre que todos asociamos al balonmano femenino navero, aunque solo sea porque lleva más de 20 años de trabajo. De trabajo muy duro, porque manejar a un grupo de mujeres en la edad del pavo es de Premio Nobel de la Paz. Así que hacerlo, seguido, durante más de dos décadas… Cada cual que ponga el adjetivo que considere. A mí me parece magia.

Con él, una descubrió que se puede no medir ni metro y medio, pero ganar por la banda en velocidad. Que el sacrificio en el entrenamiento era necesario para ganarse unos minutos el fin de semana. Que si había que estar en el banquillo, era porque había otras mejores para afrontar el partido. Y todo eso me sirvió de aprendizaje y educación para ser, en cierta medida, lo poco o mucho que soy hoy.

De alguna manera, y también tarde –aunque vale siempre más que nunca-, te lo debo públicamente: gracias. Una era más bien torpe agarrando la pelota, pero creo que la vida tenía para mí destinada otra labor a las manos: escribir. Por eso lo hago así.

Por si alguno se perdió el acto del sábado, vamos a recordar sus nombres: María José Corcero, Rebeca Arribas, Noelia Velasco, Sandra García, Diana Marugán, Beatriz Cabrero, Virginia Maroto, Rebeca Herranz, Azucena Gozález, Eva García, Patricia García, Laura García, Olivia Pérez y Lorena Gómez. También los de aquel cuerpo técnico que las acompañaron en Alicante en 1995: Quintín Maestro, Santos Alonso, Tinín Campillo, Santiago Rodríguez y el propio Enrique.

No se puede medir el agradecimiento. Ni el del club ni el mío, pero creedme que es mucho. Porque vosotras, como rezaba esa pancarta que a muchos pasaría desapercibida, marcasteis el camino.