¿Recuerda el lector la película 'El penalti más largo del mundo'? Pues este fin de semana, el Viveros Herol ha vivido 'El partido de balonmano más largo del mundo'. En este caso la culpa del aplazamiento de los últimos 33 minutos no se debió a una invasión de campo de la afición, sino a la irresponsabilidad política. Y nos gustaría hablar solo de deporte y de ese 24:30 con el que terminó el partido, pero tanto los jugadores, como los directivos como esa afición errante, tienen derecho a alzar la voz, porque la situación es insostenible.

Vaya por delante el agradecimiento al Bidasoa Irún, comprensivo tanto en desplazarse desde Nava hasta Carbonero para disputar los primeros 26 minutos 58 segundos, como para querer terminar el encuentro 15 horas después en la capital, en el Pedro Delgado. Sin duda, aquello de que el pasado mayo, en Santander, había nacido la unión de dos clubes, quedó patente con su flexibilidad y las facilidades para demostrar que, por encima de las malas decisiones políticas, está la deportividad. Gracias Bidasoa, como rezaba esa pancarta sostenida por los jugadores naveros en la reanudación.

En la otra, mostrada por los hermano irundarras, se podía leer un 'Solución ya' en el que el 'ya' tiene tanta premura que mañana es tarde. Porque aquellos que, cada vez que este equipo ha logrado una gesta, a base de 'testiculina' y de ilusión, unos y otros han querido hacerse la foto con ellos y han prometido dinero para terminar las obras de un pabellón que sería lo justo, pero, sobre todo, lo necesario para poder desarrollar su trabajo con normalidad. ¿Se imagina alguno tener que celebrar un pleno, por ejemplo, en la Diputación Provincial con las goteras cayendo en sus cabezas? ¿O que en el edificio de la Junta de Castilla y León hubiese que pasar la mopa cada diez segundos para que los funcionarios no se abrieran la cabeza al caminar por el pasillo?Seguro que no, porque para eso sí habría dinero.

Esta falta a la palabra, porque ahora no estamos en campaña electoral y lo que suceda en un 'pueblucho' de 3.000 habitantes no interesa ya, provoca que, el trabajo de esos guerreros, que sacrifican horas de estudio y que enganchan tras jornadas de trabajo los entrenamientos, viniendo desde donde haga falta en su coche a la hora que se haya fijado el entrenamiento, no valga para nada. Pero, ¿qué más da? Al final y al cabo, no son rentables. No se puede sacar tajada. No generan euros como para poder meter la mano en la bolsa.

El problema se agrava cuando somos conscientes de que, además de ellos, estas instalaciones son necesarias para que la cantera pueda entrenar y disputar sus partidos. O para que se usen para el resto de disciplinas deportivas que se quieran practicar. Incluso, para que los jóvenes del instituto puedan dar unas clases de Educación Física en condiciones. Para que lo entiendan de otra manera los que, es una lástima, no vieron el partido más largo del mundo: sin esfuerzo por su parte hoy, no habrá foto, hinchando el pecho como un palomo, mañana.

La condensación tiene varias acepciones en la RAE. La que sufrimos tiene que vez con ese vapor de agua que se convierte en charco y que hace que, jugar, sea un peligro por los resbalones. La que pedimos a los que prometieron hasta meter y una vez metieron, olvidaron lo prometido, pasa por unir (condensar) los esfuerzos de todos para poder acabar unas obras que se están haciendo más largas que las de la barcelonesa Sagrada Familia.

En el marcador, por si a alguno le interesa aún lo que pasara después de este periplo y de este episodio lamentable, se impuso la lógica y ganaron los visitantes. Si en la parte disputada el sábado los estandartes del Bidasoa en ataque fueron Iago Muiña y Cristian Martínez, en la reanudación brilló Kauldi Odriozola (5 tantos cada uno de ellos). El conjunto vasco dominó en todo momento el partido. Y eso que los naveros, con Carlos Villagrán (5) exponiendo su físico en el tramo disputado en Carbonero y Darío Ajo (5) e Isma Juárez (4) intentando vencer a los 'molinos de la desesperación' en la capital.

Fue determinante en los compases iniciales la buena actuación del guardameta de Irún, Dejanovic. Ni Dani Simón ni Bruno Vírseda eran capaces de batirle y, este freno, impulsó el ataque visitante. De Bruno fue el 2-2 y, a partir de ese momento, Nava se desinfló de manera paulatina, condicionado por el mal estado del terreno de juego, pero también por la prisa que empieza a correr puntuar para achicar el agua que nos llega al cuello en la clasificación.

Ellos lo intentaron hasta el final. Como nuestro presidente tiene que aguantar al frente, mirando hacia atrás si es preciso para darse cuenta de toda la felicidad que ha repartido en estos 40 años. Y sin olvidar que, cuando nadie sabía pronunciar una palabra tan bonita como 'balonmano', él lo hizo. ¿Por qué no empezar a soñar con enseñar a quién corresponda que 'pabellón' no solo debe pronunciarse, sino también levantarse? Igual que se levantó un club al que no estamos dispuestos a permitir ni una falta de respeto más.

 

Club Balonmano Nava